"El Siglo de las Luces", de Alejo Carpentier (1962).

Alejo Carpentier (1904-1980), novelista y narrador cubano, influyó en la literatura latinoamericana durante su período de auge. Considerado un escritor fundamental del siglo XX en lengua castellana, y uno de los artífices de la renovación de la literatura latinoamericana. Propuesto para el Premio Nobel de Literatura.
Su maravillosa novela El Siglo de las Luces contiene numerosas referencias a la masonería. El protagonista, Víctor Hugues, es un francmasón.

Las palabras no caen en el vacío.
ZOHAR

Esta noche he visto alzarse la Máquina nuevamente. Era, en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos traía olores de tierra por sobre un Océano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parecía adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros.

Tiempo detenido entre la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Cruz del Sur —ignoro, pues no es mi oficio saberlo, si tales eran las constelaciones, tan numerosas que sus vértices, sus luces de posición sideral, se confundían, se trastocaban, barajando sus alegorías, en la claridad de un plenilunio, empalidecido por la blancura del Camino de Santiago… Pero la Puerta-sin-batiente estaba erguida en la proa, reducida al dintel y las jambas con aquel cartabón, aquel medio frontón invertido, aquel triángula negro, con bisel acerado y iría, colgando de sus montantes. Ahí estaba la armazón, desnuda y escueta, nuevamente plantada sobre el sueño de los hombres, como una presencia —una advertencia— que nos concernía a todos por igual. La habíamos dejado a popa, muy lejos, en sus cierzos de abril, y ahora nos resurgía sobre la misma proa, delante, como guiadora —semejante, por la necesaria exactitud de sus paralelas, su implacable geometría, a un gigantesco instrumento de marear. Ya no la acompañaban pendones, tambores ni turbas; no conocía la emoción, ni la cólera, ni el llanto, ni la ebriedad de quienes, allá, la rodeaban de un coro de tragedia antigua, con el crujido de las carretas de rodar-hacia-lo-mismo, y el acoplado redoble de las cajas. Aquí, la Puerta estaba sola, frente a la noche, más arriba del mascarón tutelar, relumbrada por su filo diagonal, con el bastidor de madera que se hacía el marco de un panorama de astros. Las olas acudían, se abrían, para rozar nuestra eslora; se cerraban, tras de nosotros, con tan continuado y acompasado rumor que su permanencia se hacía semejante al silencio que el hombre tiene por silencio cuando no escucha voces parecidas a las suyas. Silencio viviente, palpitante y medido, que no era, por lo pronto, el de lo cercenado y yerto. Cuando cayo el filo diagonal con brusquedad de silbido y el dintel se pintó cabalmente, como verdadero remate de puerta en lo alto de sus jambas, el Investido de Poderes, cuya mano había accionado el mecanismo, murmuró entre dientes: «Hay que cuidarla del salitre.» Y cerró la Puerta con una gran funda de tela embreada, echada desde arriba. La brisa olía a tierra —humus, estiércol, espigas, resinas— de aquella isla puesta, siglos antes, bajo el amparo de una Señora de Guadalupe que en Cáceres de Extremadura y Tepeyac de América erguía la figura sobre un arco de luna alzado por un Arcángel.
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Los buitres, volando bajo, daban de picotazos, al paso, a las caras amoratadas por el suplicio, que acababan de perder todo aspecto humano —meras esponjas de carne, con hoyos escarlata, bamboleadas por guardias borrachos, que se detenían a beber en cada parador… «Queda mucho por quemar —dijo Ogé—. La próxima noche va a ser tremenda. ¡Lárguense cuanto antes!»… Fueron hacia el muelle, cuyos espigones de madera estaban ardidos a tramos largos, teniendo que andar sobre los travesaños de sostén, de un quebracho resistente al fuego, debajo del cual flotaban cadáveres, escarbados por los cangrejos. La balandra cubana, cargada de refugiados, se había ido sin esperar una hora más —según supieron por un negro viejo, que remendaba tozudamente sus redes como si un roto en la urdimbre del cordel hubiese sido un problema de capital importancia en medio del vasto siniestro. Todas las naves habían abandonado el puerto menos una, recién llegada, cuyos tripulantes acababan de enterarse de lo que ocurría en Port-au-Prince; era una fragata de tres palos, alta sobre bordas, hacia la cual bogaban, recién desprendidas de las orillas, barcas cada vez más numerosas. «Esta es la única oportunidad —dijo Ogé—. Váyanse, antes de que los destripen.» Llevados por el negro pescador en un cayuco tan maltrecho que era preciso achicarlo con jícaras, abordaron el Borée, cuyo capitán, asomado a la borda, escupiendo injurias, se negó a dejarlos subir.

Víctor hizo entonces una seña rara —una suerte de dibujo en el espacio— que acalló las imprecaciones del marino. Se les bajó una escala de cuerdas, y poco después estaban en cubierta, junto al que había entendido el signo —la abstracta imploración— del negociante arruinado. El buque, atestado de refugiados —los había en todas partes, sudando en ropas resudadas, oliendo mal, enfermos de fiebre, de insomnio, de cansancio, rascándose las primeras llagas, los primeros piojos, golpeado éste, herido el otro, violada aquélla— zarparía en el acto y regresaría a Francia. «No hay más solución», dijo Víctor, al ver que Esteban vacilaba ante la magnitud de un viaje que no había entrado en sus planes. «Si se queda, lo matarán esta noche», dijo Ogé. «Et vous?», preguntó Víctor. «Pas de danger», respondió el mulato, señalando sus mejillas oscuras.

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