LOS MASONES Y YO, por Indalecio Prieto ("De mi vida", 1953).

LOS MASONES Y YO

No soy ni fui nunca masón. Lo tengo dicho y lo repito hoy por venir a cuento. Nunca me atrajo la masonería por repelerme su estructura de rígida jerarquización y su régimen de absurdo silencio, sin que tampoco me quepan en la cabeza sus ritos y sus símbolos, propios de lejanos siglos. No estoy en pro de ella, pero tampoco en contra, lo cual me otorga amplia libertad para cuanto me propongo decir.

Los primeros masones los conocí en Bilbao a fines de siglo. Los de entonces, a efectos del amedrentamiento de gentes tontas o pacatas, equivalían a los actuales “rojos”: seres endemoniados, criminales abominables, ávidos de destruir todo lo divino y lo humano.

Aún no había leído yo en Angel Ganivet la aserción de que influyen mucho en el carácter de los individuos sus nombres, pero aun ignorando tan ingeniosa teoría, yo estimaba inconcebible que el masón bilbaíno más notorio se llamara Cándido Palomo.
Un Palomo, y por añadidura Cándido, no parecía adecuado para personificar las furias del averno. Don Cándido, desafiando infinitas miradas de odio, ostentaba su filiación luciendo, a guisa de dije colgado de la leontina, un gran triángulo de oro, no sé si mayor que el de Hiram-Abi en la época salomónica.

Tampoco estimé apropiado el nombre de otro masón descollante: Segundo Salvador, habilitado del magisterio público, a cuya librería íbamos los colegiales en busca de pizarrines, planas de Iturzaeta para aprender a escribir y epítomes de gramática, encontrando allí a un grupo de maestros mal vestidos y peor afeitados, habituales contertulios de don Segundo, que distaban mucho de semejar la corte infernal de aquel Lucifer tocado con un gorro de seda negro y redondo, de aquel diablo obeso y miope que, para buscar en los anaqueles el epítome pedido, hacía deslizar sus gafas nariz abajo hasta dejarlas colgadas inverosímilmente de la mismísima punta, mientras el corro magisterial proseguía sus comentarios sobre la última crónica de Mariano de Cavia narrando faenas taurinas de Lagartijo. ¿Cómo iba a llamarse Salvador, aunque fuese Segundo, quien, lejos de salvar almas, se consagraba a perderlas para toda una eternidad?

Pero, además, don Cándido y don Segundo eran personas bellísimas, sencillas, buenas y afables. A Palomo sólo se le veía orgulloso el 2 de mayo luciendo su gorra escocesa del Batallón de Auxiliares defensor de la villa durante el asedio carlista de 1874 o paseando ufano con el tenor Florencio Constantino, también masón, apenas éste volvía a Bilbao, su pueblo natal, tras largas giras por grandes teatros de ópera americanos y europeos. En cuanto a Salvador su orgullo lo cifraba en salvar de atascos económicos a los pobres maestros mediante parciales anticipos de sus míseros haberes.

Conocía a otros masones bilbaínos no muchos, pues en total eran pocos- por concurrir a los festivales de la escuela. evangélica y donarnos a los alumnos prendas de ropa. Invierno hubo en que me defendí del frío llevando bajo la blusa de percal un chaleco de Bayona, regalo del comerciante en tejidos don Constante Ollo, a quien, por su alta talla, debió de haber entregado don Quijote el generoso lábaro de la caballería andante, tan quimérico como el estandarte de la francmasonería.

En aquellos festivales, niñas y niños nos reuníamos para cantar en derredor del armónium que tocaba la maestra, doña Tomasa Cantabria, cuya historia era digna de un folletín. En el umbral de la logia de Santander apareció cierta noche una niña recién nacida de la que se hicieron cargo, prohijándola y educándola, los masones santanderinos. Al apellidarla pusiéronle el nombre de la logia: Cantabria. Era nuestra profesora y luego sería esposa del pastor protestante, don José Marqués.

En Madrid topé más tarde con varios masones pintorescos y exhibicionistas, entre ellos Alejandro Medina – el “Ciudadano Medina”, según se llamaba a sí mismo-, un viejo republicano con voz de trueno, muy afecto a la familia Salmerón. Al derrumbarse la monarquía portuguesa el “Ciudadano Medina” obtuvo un nombramiento de inspector de los ferrocarriles- lusitanos que le permitía viajar gratis en coche-cama por todo el continente, y su afán vanidoso era mostrar el abultado tarjetero de pases de libre circulación ferroviaria y los títulos acreditativos de su jerarquía masónica.

En 1918 don Luis Simarro, que ocupó la. vacante de gran maestre producida por fallecimiento de don Miguel Morayta, me invitó a ingresar en la logia presidida por él. Rehusé y no insistió. Poco después se hizo masón mi gran amigo Bernardino Sancifrián, copropietario del famoso café Fornos, y puso todos sus ardores de neófito en catequizarme. Cada vez que le subían de grado – en una carrera rápida, pero no tan vertiginosa como la de don Manuel Ruiz Zorrilla, quien al día siguiente de ser admitido de aprendiz fue ascendido a compañero y al otro día a maestro-, yo le manifestaba estar enterado del ascenso.

Preocupábale mucho mi exacta información por creer que alguien rompía secretos que todos juraban guardar y, al fin, para liberarle de penosas cavilaciones, le revelé el mío. Viendo que en Fornos y viniendo de la logia del Pretil de los Consejos, obsequiaba con suculento banquete a los periodistas Martínez Sol, Escola, y Torralba Becci y algunos masones más, yo tenía por seguro que el ágape era para festejar un ascenso, no equivocándome. Tampoco Sancifrián, más insistente que el doctor Simarro, logró mi alistamiento.

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