"En memoria del hermano y del amigo", Prólogo de Mario Roso de Luna al libro "Filosofía barata. Apuntes sociológico-científicos", de Arturo Soria y Mata (1926).

EN MEMORIA DEL HERMANO Y DEL AMIGO

La mayor garantía que de su propio valer puede anhelar un espíritu selecto, es la de no llegar a ser comprendido por sus contemporáneos. La deliciosa fabulita de Andersen El patito feo se cumple, en efecto, a través de la Historia entera, con el genio, el cual, adelantándose a su época, sólo puede ser abarcado en su grandeza por la justiciera posteridad.
Tal fue el caso de Cervantes, el de Wagner, el de mil otros “hermanos mayores” de los vulgares hombres. Tal es, también, el caso del autor de los artículos compilados en este libro: de Arturo Soria y Mata, el rebelde, el pitagórico, el sociólogo práctico, el inventor, EL CONSTRUCTOR.
Subrayo intencionadamente este último adjetivo porque, entre los positivos y geniales méritos de Soria y Mata, es el que no puede negar ninguno de los que vivimos en la heteróclita urbe que es hoy capital de España y el primero también que salta a la vista de cuantos provincianos y extranjeros nos vienen a visitar.
La villa y corte del oso y del madroño; la antaño mísera aldeucha
 cabe aquel “castillo famoso que al rey moro alivia el miedo”, del vate castellano; el lugar elegido para residencia por el tétrico Felipe II, “merced a la pureza de sus aguas y a la bondad de su clima”, era, a finales del siglo pasado, un lugar donde, como en la cárcel del Manco de Lepanto, toda incomodidad tenía su asiento y todo triste ruido hallaba su habitación. Testigo y víctima al par de una ininterrumpida decadencia de cuatro siglos, todo era viejo en Madrid desde el momento mismo de nacer, y en sus calles centrales, umbrías como patio de convento, y en sus afueras, apestosas como aduar marroquí, y en sus cmpos talados por la más bárbara de las devastaciones, una amarga melancolía reinaba soberana, lejos de toda novedad pintoresca, de toda sonrisa y de toda ilusión.
El “cándido progresista” de una juventud revolucionaria eminentemente teorizante y soñadora que hoy nos parece mentira haya existido aquí jamás; el técnico estudioso de la Quinta Mahudes; el develador matemático del El origen poliédrico de las Especies a base de cinco poliedros regulares; el hombre europeo al par que españolísimo, en fin, ansioso de crear, no obstante saber que en España todo parece estar fatídicamente organizado para destruir, concibió la idea de las ciudades lineales “y, con voluntad” tan férrea o por lo menos mejor intencionada que la del propio Bismarck, la supo llevar a la práctica, construyendo la Ciudad Lineal de Madrid, hoy copiada en varios países y antítesis gallarda del pésimo Madrid de los Austrias y Borbones, manolas y chisperos, tapadas y quintañonas. Una ciudad en la alta divisoria de dos ríos, frente por frente del divino Guadarrama, con sol y aire, con árboles y vía férrea de varios kilómetros, con edificios independientes cual los de los primeros y felices romanos, que no conocían la servidumbre de luces, ni la de medianería, ni las demás nacidas luego de una aglomeración como de gusanos, que no de hombres racionales amantes de la Madre-Naturaleza. ¿Quién ha hecho otro tanto en ningún sitio de España desde los hermosos días de Carlos III, el diseñador de Aranjuez, San Fernando del Jarama y San Carlos de la Rápita, ciudades lineales a su modo también?
Durante varios lustros, merced a una amistad pitagórica con Soria que acaso data de “vidas anteriores”, yo vi nacer casi, crecer y embellecerse como el grano de mostaza evangélico, la obra de aquel “profesor de voluntad”, que en su potente cerebro la imaginase, y le di la razón siempre que me decía: “de niños amamos el bien; de jóvenes, la belleza y de hombres maduros el pensamiento; pero pocos evolucionan lo bastante para llegar a la última etapa apoteótica: la etapa creadora, la de la Voluntad. En la escala o Legión de Honor del Mérito, añadía festivamente: yo daría los 50 primeros grados del mérito a los hombres del pensamiento: Pitágoras, que es para mi el mayor pensador conocido, sería el grado 50, pero los demás grados, del 51 al 100, o límite, los reservaría para los hombres de voluntad y, si llegaba a dar el 49 al autor moderno, por ejemplo, que concibiese la mejor obra dramática imaginable, le adjudicará el 51, ¡un número más que a Pitágoras! si alcanzaba a poderla estrenar…” No hay que añadir que con esto resultaba a mis ojos el viejo revolucionario, el continuador ideológico del sublime Schopenhauer en su libro El mundo como Voluntad y como Representación, y de mi maestra Blavatsky cuando enseña que “la imaginación, aunada a la fuerza de voluntad, es la clave de la Magia”, ¡la magia creadora del Arte, de la Ciencia y de la Vida!
Por supuesto, que Soria no hubiera podido llegar a tamaña prueba de voluntad creadora sin que un fino espíritu matemático le llevase antes a sorprender uno de los más extraños misterios de la Naturaleza: el develado en su Origen poliédrico de las Especies, que parece una página arrancada a la famosa clave sexual de los antiguos Misterios iniciáticos.
Los límites de un modesto prólogo no me permiten internarme en semejantes honduras matemáticas que ven en el tetraedro regular el gran andrógino de las formas cristalinas, las cuales luego se bifurcan y separan en “macho” y “hembra” o sea respectivamente en octaedro y en cubo, y también después en icosaedro y dodecaedro. Las caras y vértices de cada uno de ellos se corresponden, conjugadas, con los vértices y caras del otro y de cualquiera de estos cuatro últimos poliedros regulares se pasa a su conjugado geométrico-sexual, y a otros superiores, por truncaduras, biseles y apuntalamientos, como enseña la Mineralogía… El átomo de Carbono, alma de la Química orgánica, es un efectivo tetraedro ultramicroscópico o invisible en cuyos cuatro vértices se adosan los sendos átomos de Hidrógeno del metano, eslabón luego a su vez de todas las series orgánicas abiertas, como el exágono o cubo del benceno lo es de las series cerradas… La disposición ideal de los cuerpos simples en un gran cubo, por el orden de sus pesos atómicos, nos permite intuir y aun mejorar, toda la clasificación evolutiva atómica del ruso Mendeleeff… El canon de proporción de los antiguos, base de la arquitectura y la escultura griegas y perdido eco de las matemáticas trascendentes con las que se alzasen las pirámides de México y Egipto, el Partenón helénico y demás inmortales monumentos clásicos, también tiene que ver con esto por deducciones lógicas harto dignas de pacinte investigación… ¿A qué seguir, si para el debido desarrollo de tales ideas había que imitar a aquellos pitagóricos de la Magna Grecia o esotros de Siracusa que, al decir de Chainet, hacían desaparecer el pavimento del palacio del rey Hierón bajo la capa de polvo desprendida de la tiza de los cálculos?
Y, a cambio, de no meternos en honduras, esta es la ocasión de que relate un incidente en el que mi juventud impulsiva y charlatana recibió del maestro Soria un palmetazo absolutamente pitagórico. Para que el lector pueda juzgar de la anécdota con efectivo conocimiento de causa háme sido preciso vencer previamente la delicadeza de los hijos de aquél, los cuales, al reunir los dispersos artículos del presente volumen, publicados antes en la revista de su padre, tenían eliminado el que se titula “¡Entra Mario!” Es, pues, el caso que, entusiasmado con las teorías platónico-orientales de los “conjugados armónicos” y del “cuadrilátero completo”, habí pergeñado un artículo no del todo malo que bajo el título “El sello de Salomón” aparece en mi obra “En el umbral del Misterio”. El tal artículo halló tan excesiva gracia a los ojos del pitagórico Soria, que no pudo menos que exclamar: “Si Pitágoras, el maestro, viviese hoy, por solo semejante artículo le habría franqueado al autor de “El sello de Salomón” la entrada en el templo de Delhos donde nadie que no supiese Geometría podía penetrar, pero en cuanto a cumplir Mario los tres años de silencio absoluto exigido al discípulo le habría sido imposible: mario, o se pelea con Pitágoras o revienta.” Dijo, y tenía razón. ¿Callar yo?… ¡Imposible metafísico!
Entonces no callé, en efecto, mas hoy si tengo que callar, sopena de invadir con un mal prólogo el espléndido territorio del libro de filosofía, de sociología práctica y de paradógico positivismo idealista que el lector en múltiples y aladas crónicas va a saborear. Un libro sin pretensiones en el que, sin embargo, se adivina a Montaigne “perdonándolo todo por conocerlo todo”; a Diderot y a Rabelais por la ironía de acerada crítica; a Anatole France, mejor dicho a nuestros clásicos castellanos, por la limpidez de la dicción.
Pitagórico en vida, bajo la luz y la sombra de un vivir combatido y envidiado, la muerte de Soria y Mata fue pitagórica también, y es mi deber el relatarla porque el karma o ley de justicia distributiva y de causa a efecto, que decimos los teósofos, puso las cosas de manera que, contra toda costumbre corriente, contra todo lo pensado y lo previsto, tuviese al morir su banquete fúnebre espontáneo como todos los pitagóricos de la vieja Grecia.
En el domingo 7 de noviembre de 1920, dormido, más que muerto, reposaba en el eterno sueño el moderno pitagórico, tras una dulce agonía de brevísima duración, esperando su cadáver el momento de ser trasladado al Cementerio Civil del Este, donde tantos de sus heroicos hermanos del pensamiento libertado le aguardaban. Una respetable fraternidad, que no tengo por qué nombrar, tenía acordado días antes celebrar un banquete, y había contratado al efecto el hermoso comedor de la Ciudad Lineal, frente por frente del hotel habitado por el fundador. Llegado el momento del pitagórico ágape nos encontramos con la sorpresa de la inesperada y casi repentina muerte de aquél. Trátse, al saberlo, de suspender el banquete en señal de duelo, pero la delicadeza espartana de quienes podían suspenderle, que eran sus hijos, no lo permitió. Digo mal, quien no lo permitió fue el Hado, que así honraba con “pan de cantiello”, que decían nuestros celto-astures, o sea con un banquete fúnebre en toda regla la desencarnación de un pitagórico del siglo XX, ni más ni menos que en los remotos tiempos de Filolao, de Arquitas o de Platón…

M. ROSO DE LUNA.     
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