Jano, el año y los Solsticios. Nuccio d’Anna (1992).

Publicado en Il Dio Giano, Sear Edizioni, Scandiano, 1992.
En el curso de su tratado sobre los Fastos, Ovidio hará decir a Jano “me penes est unum vasti custodia mundi” (I, 119), o sea, lo caracteriza como aquel que, él sólo, custodia el universo. Esta atribución es importante y parece haberse escapado a la mayor parte de los estudiosos. Si, en efecto, por un lado nos lleva hacia la fundamental función “inicial” del dios latino, aún parece decirnos más.
En realidad establece una relación particular de Jano con el universo, centrada sobre el mantenimiento de
 la armonía cósmica y sobre los ritmos que la expresan, junto a una caracterización del dios como unum que parece aclarar cuanto se ha dicho precedentemente: “tunc ego, qui fueram globus et sine immagine mole” (I, 111), o sea, como una especie de síntesis principal, cuya imagen iconográfica biforme no sería más que una explicación simbólica.
La relación con el cosmos se evidencia también por la alusión de Fastos., I, 125, como allí donde Ovidio añade: “praesideo foribus coeli cum mitibus Horis”. Aparte de la mención de los “agujeros del cielo” sobre la que enseguida volveremos, aquí importa entender por qué Jano protege tales “puertas celestes” junto a las Horas. Concebidas como hijas de Temis, estas tres divinidades son Eunomia, “orden recto”, Dike, “el derecho”, Irene, “la paz”. Sus atributos hacen así de ellas en modo eminente las divinidades de la armonía y del equilibrio cósmico, las “hijas” que especifican la función de Temis, “el orden” primordial por excelencia, que precede al mismo reino de Zeus, que Jano custodia presidiendo aquellas “puertas del cielo” que el verso en cuestión nos dice ser particularmente importantes en el ámbito del mantenimiento de la armonía cósmica.
Añadiremos que un atributo clásico de Temis es la “balanza” que le sirve para “pesar” los desórdenes cósmicos provocados por los hombres con sus acciones poco conscientes; si recordamos, sin embargo, que el signo zodiacal de Libra no formaba parte en épocas antiguas del circulo zodiacal, sino que era una constelación celeste, se podrá fácilmente concluir que tales versos nos proporcionan una relación de Jano con una era cósmica anterior a la actual estructuración del ecuador celeste, caracterizada por la “armonía” del “orden” y de la “paz”, o sea, por un equilibrio cósmico del cual el dios era considerado el centro y la fuente primigenia.
En relación evidente con todo este orden de ideas se presenta el verso 120, allá donde Jano declara que “jus vertendi cardinis omne meum est”. ¿Pero qué es este “derecho de girar el gozne del universo”? La expresión debe ser relacionada con la contenida en el verso precedente de “custodio del universo”, pero con una caracterización ulterior. Jano, en efecto, aparece aquí como el eje en torno al cual rueda el entero universo, el axis mundi que no puede carecer de relación con el polo celeste, como parece sugerirnos por otra parte la expresión ciceroniana duplex cardo, “polo norte y polo sur”. Pero tal expresión puede decirnos aún más. Plinio, por ejemplo, emplea la expresión cardo anni para indicar el solsticio, o sea, el punto celeste que es propiamente el “gozne” de la rueda cósmica que no puede ser considerado sino en relación con el axis mundi, el polo celeste.
Tal interpretación nuestra puede así dar cuenta de otra particularidad enigmática del dios, aquella relativa a su estatua que ostentaba en la mano derecha el numero 300 y en la izquierda el 65, “ad demostrandam anni dimensionem”, como dice Macrobio que retoma un tema ya presente en Plinio (Hist. nat., 34, 33), equivocadamente considerado como una alusión a un símbolo solar, mientras que debe ser relacionado con el ciclo anual; “quae precipua est solis potestas”, concluye Macrobio (Saturnales, I, 9, 10).
La cosa, por otra parte, puede ser comprobada cuando se recuerda que también Varrón en el quinto libro de sus Antiquitates rerum divinarum (en Macrobio, Saturnales, I, 9, 16) escribirá que “Iano duodecim aras pro totidem mensibus dedicatas” [como los doce dioses admitidos del arcaico panteón romano cuyo principium es, precisamente, Jano], exactamente la totalidad de la duración del año, o sea el “anillo” del tiempo, dado que annus está formado por la partícula an, que según Gayo Ateyo Capitone (De iure pontificio, fr. 13) representa circum, “en torno”, cosa que nos da el término annus para “circulo”, “anillo”, para indicar el movimiento circular del tiempo transcurrido por sus doce estaciones.
La función de axis mundi cumplida por Jano es importante y nos envía al carácter primordial de dios, a la “unicidad” que se expresa también en las monedas, en aquella aes que era caracterizada por un eje, I, que dividía exactamente las dos caras del dios ahí figurado. Todo ello tiene una evidente ligazón con el simbolismo del año, más precisamente con las dos mitades del año obtenidas por la intersección de una ideal línea axial que delimita las dos “puertas del cielo”, los “orificios” de los que hablaba Ovidio en Fastos, I, 125.
Para comprender bien este punto hay que recordar que el ciclo anual se especifica en los dos momentos fundamentales del recorrido solar, el descendente, desde el solsticio estival hasta el invernal, y el ascendente, del solsticio invernal al estival, según un ciclo que indefinidamente retoma tal vicisitud cósmica.
Los semiperíodos así obtenidos constituyen las dos mitades del año, la oscura y la clara, referidas en el plano mítico a Noto y a Boreas, las dos fuerzas solsticiales puestas respectivamente bajo el signo de Cáncer y de Capricornio. El axis mundi (= Jano) aparece por ello como la unidad que contiene el principio los dos “orificios” de los que hablaba Ovidio, las dos “fuerzas celestes” que marcan la “puerta de los hombres” y la “de los dioses” de las que trata la mitología helénica y la especulación pitagórica. Los atributos de geminus y biceps, dos de los más característicos de Jano, pueden así relacionarse con este simbolismo cósmico del dios, aquel mismo que ha sido considerado equivocadamente como solar, olvidando que los símbolos ligados al sol no son otra cosa que una especificación “personalizada” de ciclos espirituales anteriores, como ha sabido demostrar en un contexto general de historia de las religiones el gran Mircea Eliade.
La especial relación de Jano con los solsticios está claramente indicada por los textos. Ovidio dirá que el dios en las fórmulas rituales era denominado Clusius y Patulcius (“modo namque Patulcius idem et modo sacrifico Clusius ore vocor”, Fast, I, 129-130), una afirmación que también el más tardío Macrobio confirma, allí donde habla de un “Ianus Patulcius et Clusivius”, pero conocía también por Servio y por Lido. Del texto macrobiano se puede deducir una etimología reconducible a pateo y a claudo, pero la dificultad surge por el hecho de que los dos sufijos – ulcius y usius- son oscuros y no reconducibles a otras formulaciones lingüísticas. El sentido de “abierto” (patet) y de “cerrado” (clauditur) parece, con todo, el más verdadero, porque también se conecta con el simbolismo solsticial del que hablamos. El atributo de patulcius, en efecto, es precisamente el del solsticio estival, cuando el año se “abre” a un nuevo recorrido. Es el momento creativo, el “inicio” de un ciclo tan importante que en algunos calendarios arcaicos, como el Sothiaco del antiguo Egipto o el de la más arcaica Hélade, se hacía comenzar el año solar precisamente por Cáncer. Clusius, sin embargo, indica lo opuesto, la “clausura” del recorrido anual, el inicio de la mitad ascendente oscura que concluirá en el signo opuesto, para después retomar todo de nuevo. Además, todavía en un testimonio del que informa Renato del Ponte se dice que Jano era denominado “Patulcius et Clusius, ianitur superum inferunque”, donde las dos atribuciones son referidas respectivamente a la mitad superior y a la inferior del año, las cuales vienen “introducidas” por el dios latino. Son éstos elementos precisos de una función “axial” que se centra sobre las “fuerzas del año”, sobre aquellos solsticios que la antigüedad consideró la “vía de los dioses” y la “vía de los hombres”, a las cuales quizás se puedan referir los dos atributos de los que habla Macrobio (Saturnales, I, 7, 20), Antevorta y Postvorta , que en una aplicación particular parecen poder relacionarse con tales días, dado que la “puerta delantera”, “que abre”, es la del solsticio veraniego, mientras que la “trasera”, “que cierra”, es la invernal.
Según Ovidio (Fastos, I, 318) el agonium del 9 de enero es la fiesta propia del dios Jano: “Janus Agonali luce piandus erit”. La etimología del término es compleja. Ovidio (v. 321 y siguientes) la refiere al acto ritual, mientras los estudiosos modernos están inclinados a dar crédito a la tesis de Paul. Fest. 9 L, según la cual “los antiguos llamaban a la víctima sacrificial”. Varron (De ling. lat., 6, 3, 12) y aún Ovidio (Fastos, I, 333- 334) declaran que en tal período el rex sacrorum sacrificaba un carnero negro en la Regia, el edifico del Foro que hospedaba también al pontifex maximus. La fecha es importante; el 9 de enero lo presenta Ovidio como la primera fiesta del año “cuatro días después de las Novenas”, y representa por ello desde el punto de vista litúrgico el inicio verdadero y propio del año sagrado. Rápidamente, tras el agonium, con el 11 de enero, comienza el ciclo de las fiestas de Carmenta , que, según D. Sabbtucci, pueden ser interpretadas con relación al dios Jano, dado que su simbolismo hace de ellas por excelencia “diosas de los pasajes”: “permaneciendo firmes en el nacimiento del año se justifican las relaciones de Carmenta con Jano, que no solamente son de calendario, sino también, por así decir, “teológicas” […] como ha propuesto Macrobio, para el cual Antevorta y Postvorta, las dos Carmentas, serán compañeras más adaptadas al dios biceps, “que conoce el pasado y precede el futuro”. No es sólo esto, sino que tampoco puede considerarse casual que dicho ciclo de fiestas que comienzan el 9 de enero con el agonium, que a su vez abren el nuevo año bajo el signo de Jano, estén colocadas ritualmente después de las Saturnalia, o sea, el ciclo de fiestas dedicadas al dios que Jano asume en el Lazio. Colocadas poco antes del solsticio invernal, las Saturnalia son un típico ritual de “fin de año” que tiende a clausurar el ciclo litúrgico transcurrido a través de una reactualización ritual del illud tempus primordial, y por ello mismo regenerar el tiempo nuevo. Enseguida después, hasta el 8 de enero, hay una especie de “vacaciones solsticiales” [similares en el significado ritual a las cristianas de doce días de Navidad a Epifanía], para recomenzar después el nuevo ciclo anual en el mes de Jano, Januarius, con la fiesta del dios, el agonium , y la muerte del carnero negro que, quizás, siguiendo a Georges Dumézil, es el animal especialmente dedicado a Quirimus y por ello conectado con ciertos aspectos de las iniciaciones guerreras y a los ritos de pasaje (1) -cosa que nos podría plantear la hipótesis de que tales rituales pueden tener una colocación, como entre las tradiciones de otros pueblos indoeuropeos, en correspondencia con el solsticio de invierno, y por ello el curioso paralelismo de dos símbolos de la pax augustea, la cornucopia y el Capricornus, ambos referidos a Octaviano, el príncipe que de nuevo dio vitalidad a los antiguos rituales conexos con la diosa Juventas.
NOTAS
1. Para comprender la importancia de un año sacro puede que sea necesario tener presente las siguientes reflexiones. En diversas tradiciones espirituales de la humanidad se encuentran rituales y cultos ligados a un arcaico simbolismo del dios año, la proyección de ritmos espirituales que entre los puntos “nodales” del calendario anual, meses, estaciones, y, más particularmente, equinoccios y solsticios tendían a revelarse como epifanías divinas, hasta hacer del ciclo anual una verdadera y propia liturgia celeste –cosa que explica el sentido verdadero de la antigua astrología-. En tal sentido, el año como hecho cronológico marcado por la salida venía a revestir el carácter de un símbolo, ello mismo experimentado como “distensión del tiempo, que no es otra cosa que una forma cristalizada de un ritmo espiritual anterior a la particular percepción del flujo del devenir”. Sobre los ciclos cósmicos, cfr. N. D’Anna, Virgilio e le rivelazioni divine. La IV egloga e il Fanciullo divino, Ecig, Genova, 1989, cap. III (“I cicli cosmici e il regno di Saturno”), que está enteramente dedicado a la cuestión, según el punto de vista de la antigua tradición espiritual romana.
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